Historia del Edificio España

En los solares resultantes de la prolongación de la Gran Vía hasta la Calle de la Princesa, se levantó el llamado Edificio España, desapareciendo así las antiguas huertas de leganitos.

Uno de los reflejos del ansia de renovación política y social fueron el Edificio España (1947) y la Torre de Madrid (1954), considerados los primeros verdaderos rascacielos de la ciudad, que llegaron a modificar visiblemente su perfil, resolviéndose lingüísticamente, el primero dentro de una ya superada Escuela de Chicago y el segundo, en cambio, alineado con las premisas del Estilo Internacional.

El Edificio España, concebido como el edificio más alto de la nación y de Europa, fue construido por la Compañía Inmobiliaria Metropolitana entre marzo de 1948 y 1953. La dirección del proyecto corrió a cargo de los hermanos Julián y José María Otamendi Machimbarrena, quienes utilizaron un lenguaje nacionalista que alternaba el ladrillo, la piedra caliza y una interesante portada barroca de notables dimensiones en la fachada principal. Su estructura, toda de hormigón, permitió construir este rascacielos en distintos niveles de terrazas, que sin contar con la planta principal se disponen en los pisos décimo segundo, vigésimo y vigésimo sexto.

El edificio, en el que trabajaron un promedio diario de 500 obreros, se levanta en la plaza de España, con fachada a las calles de los Reyes, Maestro Guerrero y San Leonardo. Tiene 120,39 metros de altura desde la antigua cota de suelo terminado de sótano 2 hasta lo alto de la torre central, que se quedan en 110,06 metros si se mide desde la rasante de la plaza hasta el último elemento de la planta 28. El coste total del edificio, ascendió a cerca de 200 millones de pesetas.

La superficie en planta es de 4.600 m2, y el volumen total unos 200.000 m3. Tiene además cinco accesos y treinta y dos ascensores que acceden a las diversas zonas del edificio, entre las que se encontraba el ya famoso hotel de lujo “Crowne Plaza”. En la última planta se instaló un restaurante y una piscina.

Cuando se concluyen el Edificio España y la Torre de Madrid, ya había caído en la Gran Vía y víctima de la especulación, el Teatro Fontalba, sustituido en 1954 por un disonante Banco Coca, obra del arquitecto Luis Blanco-Soler, que tampoco permanece ya, el cual habría de preludiar la pérdida de algunos otros de los primitivos edificios, también de gran interés. El edificio del cine Actualidades de Manuel Muñoz Casajús, en el número 48, Los Provisores del Porvenir (1918) de Luis y Javier Ferrero, en la actualidad irreconocible por la reforma de 1973, los referidos Almacenes Rodríguez de López Otero, demolidos en 1977, o el templete de la Red de San Luis (1917), construido por el arquitecto Antonio Palacios para alojar los ascensores de acceso al innovador tren suburbano metropolitano, y cuyo funcionamiento se paralizó en 1970, manifiestan el negativo proceso de transformación urbana, social y cultural que habría de sufrir la Gran Vía hasta finales de los años 70, cuando comenzó su valoración global y parcial, equiparándola a otras zonas del casco histórico.

Sin embargo, aun siendo considerada todavía el corazón de la ciudad, hacían falta medidas contundentes que pudieran enfrentarse a la amenaza que para el mismo suponía la agresión del tráfico rodado y tránsito peatonal, dando lugar a que en 1986 se le encargara al arquitecto Javier Feduchi un importante y ambicioso proyecto de rehabilitación, lamentablemente frustrado, cuyo objetivo no se retomaría, parcialmente, hasta el año 2002, cuando se desarrolló su reurbanización integral, con la ampliación de aceras, renovación y racionalización del mobiliario y su iluminación.

Hoy, avanzando en el siglo XXI, la Gran Vía sigue siendo uno de los lugares clave en la visita y conocimiento de la ciudad de Madrid, porque es museo edificado de su historia contemporánea y muestra del dinamismo social, donde conviven durante el día la actividad turística, comercial, administrativa, y por la noche, desaparecidas las dos últimas, lugar del ocio, aun cuando éste y la segunda no sean capaces de competir con las modernas superficies periféricas. Si bien, lo que nada podrá arrebatarle ya a esta Gran Vía es el haber sido brillante expresión de la vida y la arquitectura de Madrid durante la primera mitad del siglo XX, de la patente sucesión de estilos, modos y modas, de la asunción tecnológica, del sometimiento al poder político. Calle, en suma, para ser conocida, valorada y vivida.

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